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Blog de la Biblioteca Octavio Paz

Biblioteca del Instituto Cervantes de París

Los lunes del barón Davillier (12). De ruidos, violines, guitarras y bellezas antaño ignotas

El 5 de diciembre de 2011 en Fondo antiguo, Libros por | 2 Comentarios

Estudiantes de la tuna dando una serenata.

Al barón Davillier y a Doré, como si estuviesen en la España de ahora mismo,  no se les escapan los ruidos de que viven rodeados los españoles. Aunque por razones obvias la murga fuera entonces menor a la de hoy en día, aquellos viajeros padecieron también el fenómeno: “A propósito del estrépito, no olvidemos mencionar los famosos carros del País Vasco. Estos pesados vehículos de macizas ruedas, que no han sufrido grandes cambios desde la época en que Don Pelayo reinaba en las Asturias, no difieren mucho de los que hemos visto en la provincia de León. Doré ya había dibujado algunos de la misma clase, principalmente en Palencia y León, un día que trabamos amistad con un maragato (*) que vendía castañas”.

Documenta Davillier este horror para los tímpanos con el testimonio de Teófilo Gautier en Irún: “Un ruido extraño, inexplicable, ronco, espantoso y risible preocupaba mis oídos desde hacía algún tiempo (…) No era más que un carro de bueyes (…) cuyas ruedas maullaban espantosamente por falta de engrase, pues el conductor preferiría sin duda echar esa grasa en su sopa (…) Los naturales del país tienen ante sí un instrumento de música que no les cuesta nada (…) les parece tan armonioso como a nosotros los ejercicios de violín en la cuarta cuerda”.

Pero también encontraron a lo largo de su periplo numerosas ocasiones para gozar de la armonía musical, lo que permite al hispanista desplegar su conocimiento de las danzas y músicas populares españolas, sin olvidar a la tuna, o simplemente dejarse llevar con placer. “Durante las buenas noches de verano, tan frecuentes en España, los aldeanos y los obreros de los campos de Aragón se pasean  a menudo en grupos hasta hora muy avanzada, con los guitarreros a la cabeza y el coro repitiendo los estribillos de algunas jotas”, escribe, antes de dejarse emocionar. “Es difícil expresar la impresión que se experimenta oyendo a o lejos, en el silencio de la noche, estos cantos, tan primitivos y tan originales”.

Maragato, mercader de castañas.

Veíamos el lunes pasado cómo Davillier y Doré pasaron por la Astorga de los solidísimo carros maragatos camino de Galicia. Como destino, Santiago “el más antiguo y famoso lugar de peregrinación de España (…) Los que venían de Francia eran muy numerosos, de aquí el nombre de Camino Francés dado a la ruta de los peregrinos. Hay un refrán que dice:

Camino francés,

gato por res,

lo que hace pensar que los peregrinos no eran muy exigentes en sus comidas”. Quizá hoy lo sean más, pero de sufrir algún tipo de engaño a lo largo del camino no les librará el santo.

“La ciudad de Santiago, antiguamente capital de Galicia, sólo tiene de notable su famosa catedral. Está rodeada de montañas y su clima es muy húmedo, si hemos de creer el dicho que la llama el orinal de España, sobrenombre que comparte con la capital de Normandía”, Rouen. En esto sí que han cambiado los tiempos: Santiago ha vuelto a ser capital de Galicia, nadie osaría decir hoy que lo único que hay de mérito en la ciudad es la catedral y, desde luego, todos sabemos eso de “Santiago, donde la lluvia es arte”.

“La ciudad de León es una de las más tristes de España”, opina Davillier que allí visita San Isidoro, al que erróneamente denomina San Isidro el Real.  “La capilla ha sufrido mucho. Las tumbas se han colocado una encima de otras, sin orden alguno”, describe. “Durante la guerra de la Independencia fue destruido el Panteón, si hemos de creer esta inscripción que hemos copiado exactamente: Este precioso monumento de la antigüedad, depósito de la cenizas de tantos poderosos reyes, fue destruido por los franceses, año de 1809”. La aseveración le escuece: Desgraciadamente, es verdad que los franceses han cometido estragos y depredaciones  durante la guerra de la Independencia de España. Pero, también con mucha frecuencia, se les imputa daños de los que son inocentes y de los que no son los únicos culpables. Hay que tener en cuenta, primero, los estragos del tiempo, y después, los de los propios aliados de España. Consultad los historiadores nacionales. Os dirán que su desgraciado país ha sido arrasado por enemigos y aliados”. La andanada leonesa contra el francés no era la primera que veían nuestros viajeros en su periplo español:  “Esta reflexión ha sido provocada por una inscripción parecida a la que acabamos de citar, y que puede verse en el Alcázar de Toledo. Sin embargo, como ya hemos dicho al hablar de esta ciudad, el Alcázar ya había sido devastado en 1710 por las tropas aliadas, compuestas de ingleses, alemanes y portugueses”. Y todavía había de llegar la Guerra Civil.

Segovia. El Alcázar y la Catedral.

Davillier y Doré recorrieron muy buena parte de España, en ocasiones buscando con celo lugares nada transitados. “Hay una ciudad en España que muy pocos extranjeros quieren visitar y que sin embargo, puede ser comparada, al menos desde el punto de vista pintoresco, con algunas viejas ciudades españolas, como Ronda, Toledo a Ávila”, tienta el barón a contertulios y lectores. “Mas debemos confesar que hacer el viaje a Cuenca no es cosa fácil; esta pequeña capital de provincia no está alejada de Madrid (…) pero el trayecto exige poco menos de veinte horas. Añadamos a esto que la carretera no es de las mejores, y se comprenderá que muy pocos turistas vayan a visitar Cuenca”.

Descubre Davillier a sus contemporáneos que en la ciudad castellana “algunas casas, construidas sobre la roca que domina el Huécar, ofrecen un aspecto bastante singular y recuerdan las de los barrios escarpados de Lyon. Hay casas de éstas que tienen hasta diez pisos, la mitad inferior dando cara al río y la otra por encima de la roca, del lado de la ciudad”.  Y si Cuenca ha cambiado como destino viajero, qué decir de Segovia. “Apenas se detienen los turistas en Segovia, y, francamente, se equivocan”, alerta el barón, que ve a la ciudad como una admirable reliquia viva de la era medieval.

Mallorca. Paisaje mallorquín (Deyá).

Cierra Davillier su Viaje por España con un capítulo dedicado a Mallorca, “en un pequeño grupo de islas, las Baleares, visitadas rara vez por los turistas y que muchas personas conocen sólo de nombre”, lugar que atesora “los atractivos más variados (…) rincón bendecido por el cielo”. El estudioso de las cerámicas nos descubre que “el nombre italiano de cerámica majólica, del que hemos formado nosotros majolique, no es más que la corrupción de Majorica o Mallorca” y se complace a recordar que “Palma es una de las primeras ciudades de España donde se introdujo la imprenta”. Visitaron la Cartuja de Valldemosa, “blancos muros por entre cipreses de oscuro ramaje” donde George Sand pasó el invierno de 1838 a 1839. “Aún recuerdan en Valldemosa a la célebre escritora. Nos enseñaron los lugares que ella describe en su Hiver à Majorque: la celda que habitó, la pequeña farmacia antaño al servicio de los cartujos; pero no vimos ninguna reliquia”. Poca cosa y nada sobre Chopin, que es hoy el protagonista de la visita a la cartuja. Otros tiempos. Luego “decididos a dar a pie la vuelta a la isla, salimos de Valldemosa una hermosa mañana de mayo, con nuestro hatillo al hombro y un palo de algarrobo en la mano”. Y así hasta terminar el libro: “…Y algunos días después decíamos adios a Malloca, la isla encantada que Jorge [sic] Sand llamaba Eldorado de la pintura, uno de los países más bellos de la tierra y también uno de los más ignorados”. Lo dicho: otros tiempos.

(*) Las palabras en cursiva aparecen como tales en el original de L’Espagne.

Otras entradas de esta serie:

Los lunes del barón Davillier (1)

Los lunes del barón Davillier (2). De franceses hispanoblantes y de loros francófonos.

Los lunes del barón Davillier (3). De lenguas vernáculas.

Los lunes del barón Davillier (4). De una Barcelona sin Gaudí.

Los lunes del barón Davillier (5). De ladrones y otras gentes de mal vivir.

Los lunes del barón Davillier (6). Del verdadero plato nacional… y no es la paella.

Los lunes del barón Davillier (7). Del animal enciclopédico y calumnias vengadas.

Los lunes de Davillier (8). De cómo buscar emociones imaginando bandoleros de leyenda.

Los lunes de Davillier (9). De Los Siete Niños de Écija a José María el Tempranillo.

Los lunes de Davillier (10). De los toros como “cosa española por encima de todas las otras”.

Los lunes del barón Davillier (11). Del chocolate como excusa para descubrir la España desconocida

Los lunes del barón Davillier (13). De Doré y su visión de España como perfectos compañeros de viaje

Los lunes del barón Davillier (y 14). De Doré en la buena compañía de Cervantes y el ‘Quijote’

 

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2 comentarios a «Los lunes del barón Davillier (12). De ruidos, violines, guitarras y bellezas antaño ignotas»

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