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Blog de la Biblioteca Octavio Paz

Biblioteca del Instituto Cervantes de París

Los lunes del barón Davillier (y 14). De Doré en la buena compañía de Cervantes y el ‘Quijote’

El 20 de diciembre de 2011 en Audiolibros, Libros por | 6 Comentarios

“Llenósele la fantasía de todo lo que leía”

Frente al retrato esclarecedor que hace de Alonso Quijano –“hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor (…) Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto el rostro…”, además de describirlo en otro momento como “hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos”– Cervantes despacha escuetamente a Sancho Panza, apenas dibujado en el capítulo 9 de la primera parte del Quijote como hombre con “la barriga grande, el talle corto y las zancas largas”, esbozo que se corresponde mal con la imagen acuñada del fiel escudero en la psique universal, que le tiene por rechoncho. Es a Gustavo Doré, y a su extraordinaria ilustración de las aventuras y desventuras del caballero andante, a quien debemos esa idea física de Sancho que se ha convertido en canónica. Tenía razón el barón Davillier en incitar a su amigo a viajar con él y conocer España para que a su regreso, reverdeciendo los laureles ya ganados con la ilustración del Infierno de Dante y los Cuentos de Perrault, trazara “mil recuerdos en el lienzo y en la madera”, de modo que “tu nombre, unido al de Cervantes, irá una vez más en buena compañía”.

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Los lunes del barón Davillier (13). De Doré y su visión de España como perfectos compañeros de viaje

El 12 de diciembre de 2011 en Fondo antiguo, Libros, Viajes por | 5 Comentarios

Gustavo Doré en un grabado de Baude a partir de una fotografía de Nadar.

 “1861. Veintinueve años. A la edad en que otros artistas no hacen más que entrever los rumbos de su personalidad definitiva, Doré, como si una oscura premonición le hubiese advertido desde siempre lo breve que va a ser su vida, se encuentra ya plenamente hecho y orientado, con un ciclópeo trabajo a sus espaldas. Desde ahora va a realizar sus obras definitivas, va a abordar con seguro pulso, una por una, la ilustración de los libros de la humanidad. Comienza por El Infierno, del Dante. Consolida, en un segundo viaje a España con el barón de Davillier, su primitiva impresión de la Península; y de ese largo y meditado viaje salen no sólo las ilustraciones del libro de su compañero, sino la penetrante intuición de tipos, costumbres y paisajes que va a hacer de él enseguida el primer ilustrador del Quijote”.

Son palabras de Antonio Buero Vallejo, que dedicó al teatro un alma creadora que se asomó primero a la pintura, en el estudio crítico-biográfico sobre Gustavo Doré que acompañó en 1949 a la primera edición española del Viaje por España del barón Charles Davillier realizada por Ediciones Castilla. Doré ya había tenido una primera impresión, aunque fugaz, de España en 1855, en “un presuroso recorrido por algunos puntos de la frontera y de la costa vasca tomando apuntes para ilustrar el Viaje a los Pirineos de su viejo condiscípulo Taine, que la casa Hachette le ha encargado”, explica Buero.

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Los lunes del barón Davillier (12). De ruidos, violines, guitarras y bellezas antaño ignotas

El 5 de diciembre de 2011 en Fondo antiguo, Libros por | 2 Comentarios

Estudiantes de la tuna dando una serenata.

Al barón Davillier y a Doré, como si estuviesen en la España de ahora mismo,  no se les escapan los ruidos de que viven rodeados los españoles. Aunque por razones obvias la murga fuera entonces menor a la de hoy en día, aquellos viajeros padecieron también el fenómeno: “A propósito del estrépito, no olvidemos mencionar los famosos carros del País Vasco. Estos pesados vehículos de macizas ruedas, que no han sufrido grandes cambios desde la época en que Don Pelayo reinaba en las Asturias, no difieren mucho de los que hemos visto en la provincia de León. Doré ya había dibujado algunos de la misma clase, principalmente en Palencia y León, un día que trabamos amistad con un maragato (*) que vendía castañas”.

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Los lunes del barón Davillier (11). Del chocolate como excusa para descubrir la España desconocida

El 28 de noviembre de 2011 en Fondo antiguo, Libros por | 2 Comentarios

Ladrones de azulejos en la Alhambra.

Las reuniones que cada lunes celebraba el barón Davillier en su residencia parisina del 18 de la rue Pigalle eran gustosamente frecuentadas por un amplio abanico de artistas e intelectuales a los que quizá en alguna ocasión el anfitrión sorprendería con unas tazas de chocolate con la excusa de hablar “sobre esta bebida tan extendida en toda España”, según relata en su Viaje por España. Es precisamente su visita a Astorga —foco industrial del chocolate en España, con una vinculación con el derivado del cacao que la historia local remonta hasta el mismísimo Hernán Cortés— lo que da pie a nuestro hispanista a descubrir a sus contertulios algunas curiosidades sobre lo que para Linneo era bebida de dioses.

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Los lunes de Davillier (10). De los toros como “cosa española por encima de todas las otras”.

El 21 de noviembre de 2011 en Fondo antiguo, Libros por | 4 Comentarios

El triunfo del espada.

Francia es un país que gusta de la corridas de toros, y el sur, desde la atlántica Biarritz a la mediterránea Nimes, es un continuo festival taurino todos los veranos. El joven Sebastián Castella es la última incorporación de renombre ofrecida por Francia a la nómina taurina. Los turistas son una presencia constante en las plazas de toros españolas y como los del siglo XXI, los del XIX también asistían con curiosidad al espectáculo. Entre ellos, el barón Davillier y su inseparable Doré, que acudieron a las plazas en diversas ocasiones, ya fuera en Valencia, al poco de llegar, o en Valladolid. En Aranjuez incluso asistieron a una corrida singular. “Nos guardamos mucho de faltar a ella, tanto más que el anuncio prometía, además de la corrida de rigor, una lucha entre un toro y un tigre”, escribe el barón. El “combate por decir algo” no resultó como se esperaban nuestros viajeros.

Lo que ocurrió en aquella ocasión lo encontrará el lector interesado en Viaje por España, cuyo quinto capítulo no sólo se titula Toros en Valencia sino que es un derroche de conocimientos históricos y de antropología cultural de Davillier. “Entre todas las cosas de España, si hay una nacional por encima de todas las otras, es sin duda una corrida de toros”, nos advierte el hispanista, con palabras que hoy han perdido vigencia cuantitativa desplazadas por el fútbol, aunque siga bien vigente en la mente universal la asociación de corridas de toros y España. “Hemos visto a menudo niños que jugaban a los toros, como se les ve en Francia jugar a los soldados”.

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